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desierto de Atacama

Hoy hacemos un largo viaje hasta Siria, un destino poco común pero con muchos lugares interesantes que conocer

Teniendo en cuenta que la mayor parte de las carreteras, vías férreas y rutas aéreas de Siria llevan a Damasco, no es de extrañar que toda visita al país incluya unos días de estancia en la capital, normalmente al principio del viaje. Damasco es una ciudad que, en no pocos sentidos, decepciona a quienes la visitan por primera vez. Aunque tiene a gala el hecho de ser la ciudad continuamente poblada más antigua del mundo, buena parte de su rico legado histórico se asfixia entre vías urbanas de una fealdad casi insultante y bloques de oficina a medio construir, al tiempo que su embrujo oriental se diluye entre el barullo y el humo del incesante tráfico. Sin embargo, Damasco aún tiene mucho que ofrecer al visitante, que una vez se acostumbre al ruido, la suciedad y el calor, no podrá evitar sentirse hechizado por sus fabulosos monumentos islámicos o los embriagadores y bulliciosos zocos del casco antiguo. Cuando se canse del ajetreo de la ciudad, nada más sencillo que seguir el ejemplo de los damascenos y retirarse a las montañas. A tan sólo 40 minutos por carretera (o 3 h en un ferrocarril de vía estrecha), le espera el aire puro y fresco de Bloudane y Zabadani, estaciones de montaña situadas en la cordillera del Antilíbano, al oeste de la capital.

 

Arqueología, Bosra y Ezra

Más allá de Damasco, el paisaje sirio ofrece una abrumadora cantidad de yacimientos arqueológicos, mudos testigos del elevado valor otorgado a esta región por un sinfín de poderosas y aguerridas civilizaciones, desde los egipcios a los cruzados medievales, pasando por hititas, asirios, babilonios, persas, griegos y romanos. La región del Haurán, una meseta alfombrada de trigo y matorrales que separa la capital siria de la frontera con Jordania, se caracteriza por sus yacimientos de basalto, empleados por los romanos para construir la ciudad de Bosra, importante encrucijada mercantil de la Antigüedad. Esta ciudad, uno de los tres grandes tesoros arqueológicos de Siria, es un lugar cautivante que ha sobrevivido casi intacto al paso del tiempo. De hecho, muchas de las tiendas y baños públicos que aún se mantienen en pie son hoy el hogar de varias familias. La principal seña de identidad de Bosra es sin duda el fabuloso teatro romano que más tarde los árabes convertirían en ciudadela, asegurando así su pervivencia. Es frecuente visitar Bosra en una fugaz excursión desde la capital, que no permite al viajero conocer el resto de esta región. Sin embargo, si se dispone de tiempo, el templo bizantino de Ezra (que supuestamente alberga el sepulcro de san Jorge) y las ruinas romanas de las cercanías de Sueida, al este de Bosra, bien merecen una visita más pausada.

 

La carretera que une Damasco con la norteña ciudad de Alepo incluye en su trazado dos poblaciones muy distintas, levantadas ambas a orillas del río Orontes: Homs es una urbe provinciana y bulliciosa que no lamentará pasar por alto, si es que puede, pero Hama es harina de otro costal. Se trata de una ciudad rebosante de encanto que posee uno de los centros urbanos más hermosos de Siria, donde es posible comer en un restaurante a la vera del río y contemplar las bellas norias de los molinos de agua medievales, hoy recuperadas como elemento ornamental de suntuosos jardines. Hama es asimismo el mejor punto de partida para visitar la cercana población de Apamea, fascinante y cosmopolita asentamiento comercial romano en el que se detenían a repostar la mayoría de las caravanas occidentales que recorrían la larga ruta entre la costa mediterránea y la lejana China. Apamea se halla encaramada en una árida cadena montañosa que se eleva sobre el fértil valle del Orontes, aunque la faci- lidad de acceso desde Hama ha convertido este antiguo eje comercial en uno de los lugares más visitados del país. Otros destinos menos concurridos de la zona son el Qalaat Burzey -castillo en ruinas que queda más allá de Apamea y al que sólo es posible acceder tras escalar una escarpada colina- y el templo romano de Isriya, uno de los yacimientos arqueológicos más antiguos de Siria, situado en pleno desierto, al nordeste de Hama.

 

La zona costera – Tartús y Latakia

Las dos principales poblaciones de la costa, Tartús y Latakia, no son dignas de grandes alabanzas, como tampoco lo es la mayor parte de la línea costera, una su- cesión de playas sembradas de basura y acotadas por zonas militares o complejos industriales. Sin embargo, ambas son buenos puntos de partida para emprender excursiones de 1 día a las montañas paralelas al mar, donde diminutas aldeas y frondosas cañadas están presididas por innumerables yacimientos y construcciones antiguas. Entre ellos destaca el Krak de los Caballeros, erigido por los cruzados y considerado el «castillo medieval más hermoso del mundo» por T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia). No obstante, si no dispone de automóvil, viajar por esta región puede resultar bastante engorroso, debido a la escasez de autobuses que comunican las aisladas poblaciones del norte. Acceder al templo romano de Hosn Suleimán, enclavado en lo alto de una escarpada colina, resulta especialmente complicado, pero un poco más al norte el trayecto se simplifica: llegar desde Latakia a Qalaat Saladin (castillo de Saladino), la espectacular fortaleza de uno de los sultanes más célebres de la historia, o a Ugarit -antiguo yacimiento de la Edad de Bronce y cuna de uno de los primeros alfabetos de la historia- no reviste especial dificultad. En la franja costera cercana a esta última población se hallan las mejores playas de Siria. Son playas privadas y carentes de personalidad a las que sólo se puede acceder previo pago de una entrada, pero por lo menos el agua es cristalina y la arena está limpia.

 

Turismo en Alepo, la ciudad arqueológica

Alepo, la segunda ciudad más importante del país, es en términos generales menos frenética y más fácil de dominar que Damasco, por lo que suele ganarse la predilección de quienes visitan Siria. Al igual que ocurre en la capital, Alepo conserva numerosas reliquias arquitectónicas de las primeras eras del Islam, y sus ciudadanos presumen de poseer el mayor zoco cubierto del Próximo Oriente, un lugar de permanente ajetreo mercantil. Para escapar del bullicio, nada más fácil que perderse entre las encantadoras callejuelas del barrio cristiano, levantado en tiempos medievales. En los alrededores de Alepo se halla la mayor concentración de yacimientos arqueológicos de Siria, que conforman las denominadas ciudades muertas. Se trata de asentamientos bizantinos -abandonados a su suerte y devorados por las arenas del desierto en el siglo vii de nuestra era- cuyo principal atractivo reside en su excepcional estado de conservación. Un punto de obligada visita para quienes viajan a Siria suele ser el Qalaat Semaan, iglesia levantada alrededor de la columna en que san Simeón el Estilita vivió encaramado durante 40 años. Vale la pena reservar algo de tiempo para visitar otras ciudades muertas, en especial las que ocupan las zonas aledañas a Maarat an-Numan, donde yacen, en total aislamiento, algunas de las ruinas mejor conservadas del país.

 

La región de Siria con menor afluencia de visitantes es la del nordeste, una su- cesión de interminables llanuras cultivadas que dibujan un verde tapiz a orillas del Éufrates, omnipresente protagonista de la historia de la región.

De las dos principales poblaciones ribereñas, Raqqa y Deir ez-Zur, esta última resulta mucho más interesante desde el punto de vista turístico, en parte debido a su indolente personalidad asiática y en parte también porque ofrece las mejores vistas del lánguido serpenteo del río. Los principales enclaves históricos de la zona son los remotos asentamientos (en su mayor parte romanos) de Rusafa y Halebiye, así como las fortalezas de Mari y Dura Europos, más antiguas aún que aquéllos, levantadas en los inhóspitos y profundos barrancos al este de Deir, por encima del curso del Éufrates. Qamishli, la ciudad más importante del extremo nordeste del país, poco tiene que ofrecer al viajero, excepto quizá la arriesgada aventura de intentar cruzar furtivamente la frontera con Turquía o contemplar el puente árabe de Ain Diwar, que cruza el río Tigris en medio del escenario natural más sobrecogedor de todo el país.

 

Por último, cabe señalar el que sin duda es el paraje más impresionante de Siria: la ciudad de Palmira. Si bien es cierto que en los últimos años las ruinas se han visto invadidas por el turismo, no lo es menos contemplar cómo se pone el sol tras el castillo árabe, mientras el viento azota columnas y sepulcros depositarios de 2.000 años de historia; es un espectáculo que quedará grabado en la retina del visitante como uno de los recuerdos más vívidos de su viaje a Siria. De hecho, puesto que se encuentra a tan sólo 4 horas de Damasco por carretera, no es mala idea dejar Palmira para el final de la estancia y perderse 2 o 3 días entre sus ruinas antes de regresar a casa. En el trayecto que une Palmira con la capital, no podrá evitar sentirse sobrecogido por la visión del desierto, tan inmenso, yermo e inhóspito que resulta casi inverosímil.

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En: Siria
Fecha: may 5,2013

Me llamo Álvaro y soy el creador del foroblog de viajes y migraciones . Soy un viajero apasionado que reside en S.Domingo, Rep.Dominicana. Vidaemigrante surge como nexo de unión para aquellos que desean emigrar o trabajar en el extranjero.

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